Carl G. Jung: señor del mundo subterraneo by Colin Wilson

By Colin Wilson

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El health care provider Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes aquejados de multiples padecimientos: Por que no se suicida usted? Y muchas veces, de las respuestas extrae una orientacion para l. a. psicoterapia a aplicar: a este, lo que le ata a l. a. vida son los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizas, solo unos cuantos recuerdos que merece l. a. pena rescatar del olvido.

Comentario De La Biblia Por Mathew Henry

El comentario completo de Matthew Henry en un solo volumen. Un estudio desde Genesis hasta Apocalipsis. Esta edicion en espanol united states el texto de los angeles Biblia Reina Valera 1960, y resume seis tomos originales conservando toda l. a. tematica vibrante de este clasico.

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En cada aniversario, cuando me despierto, me estremezco al tomar conciencia de la fecha, aunque sé desde hace semanas que ya se acerca el día. He iniciado una cuenta regresiva consciente, queriendo marcar ese día y no olvidarlo nunca, nunca, para desmenuzar, repasar, rumiar cada hora, cada segundo de la cadena de instantes que condujeron al horror prolongado de mi interminable cautiverio. Me desperté esta mañana, como todas las mañanas, dándole gracias a Dios. Como todas las mañanas después de mi liberación, dedico algunos instantes, fracciones de segundo, a reconocer el lugar donde he dormido.

Me pasé la mayor parte del tiempo hablando por teléfono, haciendo el puente entre la gente de mi campaña y el editor del periódico, para lograr que publicaran nuestra rectificación. Hicimos la segunda etapa del vuelo en medio de un calor asfixiante. Llegamos a Florencia con un retraso en nuestra programación. Sin embargo, nos quedaba tiempo suficiente para llegar a San Vicente antes del mediodía. Podíamos recorrer en menos de dos horas los cien kilómetros que nos separaban de nuestro destino. El aeropuerto de Florencia estaba militarizado por completo.

Obedecí. Fue ella quien me dobló cuidadosamente el plástico y me lo aplanó para que lo volviera a meter dentro de la bota. Asintió con la cabeza. Luego, satisfecha, se dirigió a mí como hablándole a un niño. Sus palabras eran extrañas. N o tenía el discurso propio de los guardias, siempre cuidadosos de no dejarse coger en flagrancia por algún camarada. En un momento, mirando hacia el río como si hablara consigo misma en voz alta, sus palabras se volvieron tristes y terminó confesándome que ella también había pensado varias veces en escaparse.

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